CAPITALISMO

      Y EMANCIPACIÓN NACIONAL Y SOCIAL

      DE GÉNERO

      Iñaki Gil de San Vicente


      3.3).- LEY DEL VALOR-TRABAJO Y OPRESION VISIBLE:

      Uno de los pasos urgentes para la emancipación de la mujer, y con ella de toda la humanidad, es la de romper el modelo patriarco-burgués de trabajo doméstico y el desarrollo de otra forma de socialización y de vida familiar no patriarcal en la que el trabajo de producción y reproducción de fuerza de trabajo social no sea en modo alguno parecido al actual sino un trabajo socializado al máximo mediante las tecnologías blandas y descentralizadas, en otro contexto urbanístico y arquitectónico y, sobre todo, en otras relaciones económicas en las que haya desaparecido la mercancía y no rija la ley del valor-trabajo, y en otras relaciones de género en las que la mujer no sea un objeto de explotación por el marido. Para avanzar en esta dirección hay que agudizar al máximo todas las contradicciones estructurales del sistema patriarco-burgués sacándolas a la luz y a la superficie para que las mujeres puedan tomar consciencia de la opresión objetiva que padecen. En la medida en que el trabajo doméstico siga siendo un "trabajo que no existe", en esta medida tampoco existe la opresión.

      Sin embargo, son las contradicciones sociales objetivas las que delatan su existencia, del mismo modo que son los terribles efectos de la economía criminal los que la delatan, y los costos improductivos de la economía sumergida los que fuerzan al Estado a destaparla o al menos a controlarla de algún modo. Y aunque el trabajo doméstico tenga una naturaleza propia por el componente patriarcal, con las ventajas que hemos visto que eso ofrece al capitalismo, no es menos cierto que la lucha sostenida de las mujeres está logrando desvelar su contenido opresor y mostrar su existencia objetiva. Se trata, por tanto, como venimos diciendo, de sacar a la superficie el hecho de que la explotación de la mujer es una realidad cuantificable como primer paso para acabar con la tiranía del silencio. En cierta forma, y salvando las distancias entre uno y otro ejemplo, la emancipación de las mujeres se encuentra en una tesitura similar a la que se encontraron los movimientos obreros cuando tuvieron que exigir, aceptar o rechazar los planes burgueses de incipiente seguridad social.

      Actualmente se discute por suerte cada vez menos sobre si el movimiento feminista debe reivindicar el llamado "salario doméstico" o cualquier otra forma de hacer visible el trabajo doméstico. Desde posturas de supuesta "izquierda" se sostiene que no, que eso sería caer en las trampas integradoras del sistema patriarco-burgués e incluso del conservadurismo "femenino" que reivindica lo mismo. Se nos dice que esas y otras "conquistas" son "cadenas de oro" que atarán a la mujer al trabajo doméstico reforzando así la posición del marido. Pensamos que esta postura no sólo desconoce la lógica de funcionamiento del sistema que pretende combatir sino que además ignora otras experiencias que pueden servir de ejemplo, como los las del clásico debate sobre cómo relacionar las reivindicaciones tácticas inmediatas, las reformas a costo plazo, con las reivindicaciones estratégicas que deben ir vitalmente expuestas y ejemplarizadas en esas conquistas tácticas en el presente. Este debate se sostuvo con creciente fuerza desde las primeras luchas obreras con conciencia política, que no sólo economicistas, y hasta ahora la experiencia histórica en este sentido muestra que las conquistas tácticas arrancadas desde posiciones de fuerza y convencimiento de seguir con la lucha aceleran el proceso general emancipador.

      No tenemos espacio para analizar cómo las grandes oleadas de ascenso de las luchas obreras y populares fueron masacradas no tanto mediante la integración del movimiento con las reformas usadas como soborno desmoralizador que también ha sido así aunque ni tanto como se afirma desde la tesis que reduce las razones de la lucha de clases a la simple mejora salarial, sino sobre todo mediante una combinación de traiciones de los partidos políticos y de los sindicatos, especialmente de los socialdemócratas, unidas a prácticas represivas más o menos selectivas contra las izquierda revolucionarias o, en los casos extremos, sólo mediante las contrarrevoluciones y golpes de Estado burgueses más criminales y sangrientos. Tendríamos que hacer una especial referencia al papel jugado por la URSS stalinizada y sus representantes en los Estados burgueses -los PCs oficiales- para comprender otro de los factores responsables del fracaso de algunas de esas oleadas, y es el de los intereses de la burocracia exsoviética triunfante desde finales de los años veinte para negociar la "paz social" con el capitalismo.

      La dialéctica entre reforma y revolución no sólo ha sido y es objeto de debate permanente entre las izquierdas, sino que es una de las inquietudes más enervantes de todas las burguesías, precisamente porque conocen su fuerza expansiva. Ya a finales del siglo XIX algunas burguesías empezaron a conceder cierta seguridad de empleo, de bajas por accidente, de prestaciones por enfermedad, de jubilaciones y hasta pensiones de viudedad, de ayudas a la educación básica y a la sanidad, y sobre todo, en lo que nos interesa, de ayudas a la familia patriarco-obrera para la compra de casas salobres y de comida de mejor calidad. Determinadas burguesías idearon seguros públicos o privados y empresariales, con más o menos garantías éstos del Estado, para desactivar el malestar obrero, mejorar la capacidad psicosomática y técnica de la fuerza de trabajo, etc. Y todavía Keynes era un joven que no llegaba a los veinte años de edad. Pero estas conquistas, y también propuestas de reformas que algunos capitalistas, ministros, reformadores y sociólogos empezaron a plantear antes de Marx, y que incluso, salvando las distancias, podemos rastrear en sociedades precapitalistas como la grecorromana y otras muchas con sus medidas de amortiguación y control del malestar popular, fueron luego recortadas más o menos, congeladas y hasta suprimidas durante un tiempo según los vaivenes de la lucha de clases y de la ferocidad burguesa. Incluso ahora, como veremos en el capítulo siguiente, una de las características del llamado "neoliberalismo" es la de recortar u hasta destruir totalmente estas "ayudas" siguiendo las directrices del marginalismo anterior.

      Las lecciones que se pueden extraer de estas y otras experiencias consisten en que las clases dominantes toleran esas conquistas en la medida en que tienen miedo a las reacciones en su contra que surgirían si pretendiese suprimirlas, pero si puede lo hace gradual y sigilosamente, intentando dividir a las clases oprimidas. En el caso de los derechos de la mujer, las experiencias en todos los países en los que estas han logrado determinadas conquistas es que, por lo general, su continuidad es más problemática porque los hombres apenas salen en su defensa si esas conquistas son atacadas por el Estado o incluso apoyan esas restricciones. De forma parecida a como los hombres de la nación opresora apoyan la opresión de su burguesía contra otro pueblo, o de forma parecida a como los hombres apoyan la opresión racista de l@s trabajador@s inmigrantes, de l@s "sin papeles", por los beneficios directos o indirectos que extraen, en el caso de las mujeres las razones para el colaboracionismo de género son aún más poderosas y hasta irracionales. Y de la misma manera en que es fundamental para l@s inmigrantes disponer de papeles que al legalizarles les protejan un poco más, y de la misma forma en que para los pueblos oprimidos es vital ser reconocidos como pueblos que existen en cuanto tales y no como partes de un Estado opresor, en el caso de las mujeres la urgencia por aparecer en la escena pública, en la calle y en el mercado, es decir por ver reconocida su realidad como parte decisiva en la producción del trabajo socialmente necesario y del trabajo doméstico, esta urgencia es vital.

      En realidad, se trata de la misma lógica que llevó a los campesinos, aprendices de artesanos y artesanos a sueldo, a proletarios urbanos, a trabajadores en talleres y luego fabriles, etc., a luchas a muerte para que la burguesía reconociera que su trabajo era una realidad y que por tanto no sólo "merecían" un salario oficial sino también una serie de prestaciones públicas que les garantizasen sus condiciones de vida. Esas prestaciones no solamente cuestionan la legitimidad de la propiedad privada de los medios de producción al plantear directamente el problema del control social del excedente colectivo, sino que también debilitan la masa total de plusvalía. Por ambas razones básicas, a demás de otras particulares, las clases dominantes siempre se han resistido a concederlas, y cuando lo han hecho ha sido porque o bien comprendían que la sobreexplotación agitaba la fuerza de trabajo y convenía dosificarla, o bien querían desactivar el malestar popular cambiando algo adjetivo para que no cambiase nada sustantivo. Sin embargo, porque esas concesiones cuestionaban a la larga el poder y la plusvalía, por eso mismo el capital intentaba reducirlas o suprimirlas siempre que podía. Otro ejemplo es la reivindicación de la "renta básica universal", que en las condiciones actuales del capitalismo plantean en términos "modernos" las dos permanentes cuestiones citadas arribas, la legitimidad de la propiedad privada de los medios de producción y la masa total de plusvalía, o en términos más precisos y definitivos, la tasa media de ganancia.

      Sacar a la luz el trabajo familiar mediante la conquista de un "salario doméstico" es avanzar en esta lógica de superación de las maniobras clásicas de la burguesía para ocultar el funcionamiento real de todas las opresiones. Ahora bien, por ser opresión de la mujer y que por ello se basa en una coherencia de género por parte de la inmensa mayoría de los hombres, esta reivindicación tiene encima un contenido más radical que las anteriores. Pero su efectividad depende de que esa conquista vaya inmersa en una permanente concienciación feminista organizada para advertir que servirá de muy poco si no va acompañada de un proceso de emancipación personal integral, que facilite la independización económica, psicológica y política de la mujer. Se trata del riesgo de que la mujer aun habiéndose concienciado de su situación no se atreva empero a dar el salto a la libertad porque no ha buscado o no ha encontrado un trabajo exterior que se lo permita, y porque ese "salario doméstico" se lo ha gastado o se lo ha entregado al marido, estando al final sin recursos propios. Se trata del riesgo de que ese "salario" ahogue por su comodidad las dudas y las preguntas sobre su situación, apaciguando tensiones y dando la sensación de una felicidad falsa. Pero situaciones así también la ha padecido y padece el movimiento obrero masculino, que muy frecuentemente se desmoviliza y acepta cualquier migaja salarial con tal de no enfrentarse al poder establecido.

      Estos y otros peligros son ciertos y corresponden a la compleja dinámica, siempre refluyente, del salto de la conciencia de sí a la conciencia para sí en cualquier oprimid@. En el caso de la mujer las dificultades son mayores y por eso mayor la necesidad de una organización específica que esté permanentemente luchando contra esos riesgos. Aquí también valen las lecciones extraídas de otras luchas y de las experiencias adquiridas en el decisivo asunto de la forma de organizar la conciencia subjetiva para acelerar la transformación material de las contradicciones objetivas. Teniendo esto en cuenta, y reafirmando la importancia clave de la organización militante feminista como contrapunto a los riesgos inevitables, se pueden citar como mínimo cuatro argumentos sobre la necesidad positiva del "salario doméstico" y de todas las conquistas que visibilicen el trabajo de la mujer en el domicilio y lo sometan a la ley del valor-trabajo.

      En primer lugar, sacar a la luz el trabajo doméstico mediante un "salario" es introducir toda la política patriarco-burguesa en el campo de influencia de la ley del valor-trabajo, algo que muy tempranamente termina dificultando las varias tácticas que tiene el capital para descargar sobre las mujeres sus estrategias para recuperar los beneficios. Dado que la ley del valor-trabajo obliga a toda la mercancía a supeditarse a la dictadura de la competencia, del mercado, de las oscilaciones de las tasas concretas de plusvalía, etc., en esa medida inevitable, si se convierte el trabajo doméstico en una mercancía, cosa que es fácil de hacer en el grado actual de técnica contable, se reducen mucho las posibilidades de maniobra del capital para desplazar sus crisis contra las mujeres. Lo esencial de esas maniobras consiste en que las mujeres carguen con un sobretrabajo sin un correspondiente sobresueldo, o, a la inversa, asuman un empeoramiento de sus condiciones de vida sin compensación alguna, por simple "instinto maternal". Dado que al no existir oficialmente el trabajo doméstico, se puede entonces cargar y recargar lo que no existe y sin pagar absolutamente nada. Es decir, el capital puede aumentar su masa de plusvalía aumentando el sufrimiento de las mujeres. Pero si ése sufrimiento tiene un precio reconocido socialmente, entonces el capital debe pagar ese aumento o debe buscarse otra solución.

      En segundo lugar, el capital ya no puede utilizar a las mujeres como la reserva de la reserva, indefensa y pasiva porque al disponer de una "salario doméstico" garantizado, puede ya rechazar los trabajos más explotadores, presionando al alza desde la garantía que le ofrece el "salario doméstico". Se trata de una garantía muy similar a la que tenían muchos trabajadores en paro, que podían cobrar subsidios suficientes como para condicionar la vuelta al trabajo asalariado sin tener que claudicar al egoísmo innato del capital. El odio burgués al "garantismo" de estas prestaciones viene precisamente de ahí, de que aumentar o al menos mantiene la fuerza de presión de la clase trabajadora, limitando la indefensión de los parados y forzando a los empresarios a ofertar salarios menos expoliadores. Por eso siempre, que no sólo con el "neoliberalismo", la burguesía ha atacado al "garantismo" cuando ha podido. En el caso de la mujer, las ventajas son incluso mayores ya que su opresión es cualitativamente superior a la de los hombres.

      En tercer lugar, en el interior del trabajo doméstico, la mujer dispone ya de un recurso material y moral de defensa y reconocimiento. Esto es muy importante porque rompe todo argumento machista sobre la no productividad del trabajo doméstico y aumenta la autoestima de la mujer, ayudándole a llenar su vida. Quienes sostienen que eso no se producirá sino que se fortalecerán las cadenas patriarcales olvidan no sólo el efecto positivo y sinérgico de esa autoestima, sino además el aumento de la independencia económica de la mujer para realizar su vida. Esta posibilidad es ahora más urgente que nunca antes porque el capitalismo no sólo está multiplicando la presión alienadora del consumismo compulsivo sino que además impone que la "felicidad" sólo es alcanzable mediante ese consumismo alienador. Si la mujer sigue sin independencia económica por pequeña que fuera, seguirá sujeta a la dependencia del marido en un contexto estructural capitalista que le condena a pedir y rogar cada vez más al marido porque se ha incrementado la presión de la "vida pública" sobre la vida familiar, "privada", como veremos más adelante al analizar los problemas crecientes del capital para realizar la plusvalía.

      En cuarto lugar, el aumento de la autoestima e independencia relativa de la mujer tiene un claro efecto ejemplarizante sobre las hijas, que ven desde que nacen que su madre dispone de una situación no supeditada, o no supeditada del todo, al padre, que no le pide permiso para todo, o que puede tomar ciertas decisiones propias sin consultar con el padre. Este ejemplo de cierta libertad es decisivo para la concienciación de las mujeres desde su mismo nacimiento, ya que empiezan a pensar viendo el ejemplo inmediato de una madre que no es absolutamente dependiente del padre. Los efectos acumulativos de esta diferencia concienciadora inicial pueden ser insostenibles para el sistema patriarco-burgués. La experiencia habida hasta el presente es que las niñas serán más libres si, aunque no sólo sí, sus madres les han enseñado las ventajas de la libertad desde sus primeros instantes de vida, y el ejemplo es la primera y fundamental lección.

      De todas formas, estas y otras razones deben ser analizadas sin perder de vista sus correspondientes riesgos, que los tienen, como los cambios que se están dando en la sociedad capitalista y que afectan directa y profundamente a la mujer trabajadora.


      4.- CAPITALISMO ACTUAL Y OPRESION DE LA MUJER ACTUAL.

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